Mi nombre es Javier Sanchez. Soy
estudiante de la carrera Mantenimiento e Instalaciones Industriales. Vivo en
San Alberto, Uspallata, con mi madre y su pareja, y tengo un gato llamado
Merlín, aunque momentáneamente estoy viviendo en una residencia universitaria.
Soy hijo único, me apasionan los autos al punto de todo el tiempo leer o buscar
sobre ellos... es una pasión adictiva e inefable.
Anteriormente, estudiaba ingeniería
electromecánica, pero me di cuenta que no era lo que realmente me interesaba,
pues quería estar en contacto directo con las herramientas de metalmecánica
(torno, fresadora, soldadora y otros). Pero no he desechado por completo el
estudio de aquella carrera, sino que más bien le he puesto pausa hasta recibirme y trabajar de esta otra; de esta
manera podré saber si es realmente lo que quiero o no.
He vivido en San Alberto dos
etapas de mi vida: por un lado, gran parte de mi secundaria (Mayo de 2010 hasta
fines de 2014), y después algo de la facultad (desde fines de 2017 hasta 2020).
Si bien es un lugar sumamente tranquilo, donde todo el año hace mucho frío,
pero en verano tenemos lluvias y granizadas (el paisaje y el petricor
conjugan una experiencia sensorial que, aunque pueda gustar en mayor o menor
medida, o bien pasar desapercibida, no se olvida tan fácil), no pierde su
imponente belleza sin igual. El lugar se corresponde más con una vida de anacoreta:
he aprendido a escuchar el sonido del silencio, a encontrarme a gusto
conmigo mismo aún cuando no tuviera a mi alrededor a mis mejores amigos de la
ciudad, a meditar... es decir, ha sido una experiencia saludable y
enriquecedora.
De vuelta en Mendoza, ya en una
residencia universitaria y aprendiendo paulatinamente a moverme por mis propios
medios, experimenté una gran serendipia al transitar este camino
internamente solitario; jamás en mi vida me había planteado un cambio de tal
magnitud. Tantas acciones anecdóticas en mi vida, pero ninguna como ésta... mi primera novia, ingreso a estudios superiores, mi primera vez manejando un
vehículo, trasladar un cargamento de fardos de pasto manejando un tractor, el primer pozo hecho en la
tierra para una plantación, la primer poda de una alameda, la primer caminata
a campo traviesa sin luna por un sendero (cuando la vista se acostumbra a la oscuridad y veo como si
hubiera cuarto creciente), el llevar a rastras troncos de sauce gigantes de hasta 300
kg con el cuerpo, cargar atados de leña de algarrobo de hasta 80 kg que corté
con guantes y pico… Me faltó nomás guiarme por las estrellas y caminar por la
montaña a campo traviesa. todos sucesos
memorables pero como este ninguno. “supongo que tarde o temprano debía ocurrir.
Era inexorable, saludable, lícito y necesario que así fuera.”
¿Qué puedo decir por último?
Todos los días crecemos. Pero ningún ser humano lo hace igual a otro. Nadie
puede afirmar haber crecido más o menos que otro bajo ningún punto de vista. Como
decía una canción muy comercial (“¡demasiado para mi gusto!”) en inglés: bajo esta
presión, bajo este peso, somos diamantes tomando forma. ¿Cuándo empezó?
¿Cuándo terminará? ¿Cómo se terminará? Realmente no lo sé. Solo se que todo esto
realmente no importa. Solo importa hoy. ¿Y el sentido de la vida? Yo creo que
pasa por ser felices cueste lo que cueste, aquí y ahora, aún sin depender de
cosas no materiales, siendo libres sin más, aunque alrededor nuestro no exista
ninguna razón lógica para hacerlo. Porque la felicidad no se rige por la
lógica, sino por la emoción.










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